El sol era una desvaída esfera anaranjada, que arrojaba un calor asfixiante, el cual parecía golpear físicamente, aplastando contra el suelo a cualquiera que osara moverse. El aire mismo parecía contener la respiración, si tal cosa fuera posible, en un ambiente caldeado propio del mismo infierno.
Una docena de casuchas, amontonadas a derecha e izquierda del único camino del pueblo, parecían desdibujadas como si el calor hubiera difuminado su contorno y emborronado los colores. Hacia tanto calor, que no hubiera sido extraño que el propio diablo anduviese por aquel olvidado lugar.
Una figura, cuya alargada sombra se proyectaba entre las casas del pueblo, permanecía inmóvil debajo de aquel bochorno. Un oscuro y ajado sombrero de grandes alas, le tapaba el rostro casi por completo, dejando solo a la vista una mandíbula cuadrada y muy curtida por el sol. Una sencilla chaquetilla oscura, confeccionada con lana y desabotonada por completo dejaba al descubierto una camisa blanca que no mostraba señales de transpiración. Unas calzas de cuero eran visibles hasta las rodillas, adonde llegaban unas botas altas de color azul y recosidas con parches en muchos sitios. La funda de una espada y varios morrales de cuero colgaban en su cadera y espalda, respectivamente. El pomo de la espada era sencillo, con una empuñadura hecha con cuero enrollado.
Por todos era sabido que aquella región, a las afueras de Burgos, y en aquella época del año, el tiempo era cruelmente caluroso, pero en todos sus años de trasiego, aquel hombre jamás había sentido un calor igual, como si se encontrara a escasos centímetros de una fragua mientras un herrero atizara el fuego en su mismas narices. En verdad que los cuentos de las alcahuetas que habían llegado a sus oídos, cuando se encontraba en un mesón de mala muerte en Burgos, debían ser tomados en consideración. Y allí se encontraba, en Casillas del prado, mientras el sudor pugnaba por aflorar por cada poro de su piel, a pesar del férreo control al que sometía su cuerpo y observando la imagen estática y desvaída de aquellas humildes casuchas.
De los pocos habitantes de aquel lugar, ni rastro. A falta de pocas horas para que aquella bola de fuego en que se había convertido el sol, desapareciera por el horizonte a su espalda, deberían de haber algunas personas volviendo de los campos, o alguna vieja fisgona, desdentada y rumiosa, asomada a alguna de las ventanas. Un perrillo flaco aunque sea, buscando alguna rendija de sombra bajo aquel sol abrasador. Nada, ni un alma, ni un atisbo de vida. Era como si aquel lugar, respecto a la realidad, se hubiera detenido, aplastado y condensado en un ámbar invisible, cuya presión en cambio si era palpable.
Con un hondo suspiro, el hombre hecho a andar por aquella calle. Al instante se reprendió Por su debilidad. Si ya empezaba a echar suspiritos como una doncella gazmoña, y se entretenía tanto en sus pensamientos, es que quizás empezaba a hacerse mayor para estas cosas. Oyó como sus pasos resonaban quedamente en el aplastado camino de tierra. Toc… Toc… Toc… era lo único que podía escuchar, lo único que resonaba en aquella silenciosa y única calle.
A mitad de la calle, un ligero olor a huevos podridos capto su atención. Sin lugar a dudas se escapaba por debajo de la puerta de la casucha que tenía a su derecha. Quedándose totalmente inmóvil, con la mirada fija en la puerta, exhalo otro suspiro. Sí, definitivamente, estaba haciéndose demasiado mayor para aquello. Quizás era hora de su justo retiro, una pequeña parcela de tierra, algunos animales y él en casa, fumando en su pipa sin más preocupaciones que las que daba el clima y los animales. Sí, demasiado mayor y demasiado blando.
Sus ojos, negros como dos tizones apagados, relucieron un momento, cuando el sol parpadeo al empezar a ocultarse detrás de uno de los tejados. Aquel atisbo de vida, de movimiento, fue como la gota que precede al chorro de una fuente, cuando miles de fragmentos de madera se esparcieron a su alrededor, al explotar la puerta. Como en una danza caótica, los fragmentos y el polvo, brillantes como el oro debido a la luz del atardecer le impactaron y le rodearon por completo. Sentía las astillas golpeando en el sombrero y en el cuello, lacerando su piel. El polvo, impregnado de aquel nauseabundo olor, le inundaba las fosas nasales. Los morrales se sacudieron, y la chaqueta parecía querer salir arrancada de su pecho. Un cuervo grazno alzando el vuelo desde el interior de la vivienda. Algo brillo entre la oscuridad del hueco recién formado, precursor de un metálico y afilado pivote que surcaba aquella constelación de polvo y madera. Entonces un borrón sacudió el aire. El polvo en suspensión se desplazo en todas las direcciones. El pivote siguió su trayectoria clavándose en la pared de enfrente. De una espada desenfundada corrío una gota de sangre que termino cayendo en el suelo cubierto de paja de la estancia. Una figura, aquel hombre, sujetaba esa espada, ya dentro de la casa. El sombrero bien calado. Un ruido sordo, como un “pof”, cuando las dos limpias mitades del cuervo cayeron al suelo, atrás en la calle.
La casa se componía de un único cuarto, con una total ausencia de muebles. Una ballesta yacía tirada en el suelo, junto a una forma achaparrada, cubierta con una especie de manta que lo tapaba y embozaba, que lo observaba desde una de las paredes. Sus pies no tocaban el suelo, sino que se agarraban a la pared como si de un enorme insecto se tratase. El olor a huevos podridos era ya casi asfixiante. No veía su rostro, pero el Hombre sabia que lo estaban mirando fijamente. No solo a los ojos, sino a su mente y a su corazón. En voz baja empezó a entonar un antiguo salmo.
---Callate, Bastardo hijo de puta---dijo la retorcida forma. Su voz…su voz era como oír el fin de todas lo conocido, el apocalipsis, la condenación eterna convertida en verbo.---Sabes que no soporto que digas esas cosas, Lucas.---su voz se endulzo. Era como la hiel--- Ahora muestra un poco mas de respeto, estas en mi casa, lávate las manos y siéntate a mi mesa---un sonido reptante fue el remedo de risa con el que termino la frase.
--- ¿Qué has hecho con la gente que vivía aquí?---pregunto Lucas. Aun sabiendo la respuesta, tenía que asegurarse. Su interlocutor siempre mentía, pero nunca pasaría por alto el deleitarse en sus crimenes.
--- ¿Qué gente? Yo por aquí no veo a ninguna persona. Solo tu yo y esos gusanos que se mueven entre la paja---Unos dientes amarillos y podridos brillaron entre el embozo--- ¿Para qué ser hombre, mujer o niño, pudiendo arrastrarse ante mí, bajo la forma más propicia para tal acto de sumisión?---
Sin poder evitarlo, un escalofrió le recorrió el cuerpo. Aquello superaba a cualquier cosa que jamás hubiera visto antes. Sí, demasiado viejo.
---Si acaso crees que conmigo podrás hacer lo mismo---dijo Lucas a la vez que se echaba la mano a uno de los morrales y lo desataba diestramente en un solo movimiento.--- Es que de verdad llevas pudriéndote mucho tiempo en ese cascaron.
--- ¿Qué ocurre, Ejecutor, sayón de lo Impío. Tú nunca hubieras necesitado decir algo así. Tendrías la confianza absoluta del tal cosa, sin necesidad de decírmelo…---Hizo una leve pausa, mientras dejaba caer algo redondo al suelo. Un asomo de risa afloro en su garganta---¿Quizás ya perdiste la Fe?
El hombre miro sin ver aquello que había tirado al suelo. Sabía perfectamente lo que era y ahora mismo no podía dejar que algo así le arrebatase el control.
---Digamos que después de tantos años dándote caza, Padre de las mentiras, empiezo a hacerte algunas concesiones. Como si fueras un antiguo amigo---Una ronca sonrisa, surgió de los labios del hombre---Debes ser la persona con la que más he conversado los últimos veinte años.--- Mientras hablaba esparcía el contenido del morral, un polvo plateado, realizando un círculo alrededor de sí mismo. La figura de la pared parecía absorta en sus movimientos, y por si acaso, el hombre no quitaba ojo de ella, con la espada en alto, en la misma postura con la que había entrado en el cuarto.
---Aburres ya, Lucas---Bramo de forma cortante---Siempre los mismos trucos, las mismas frases hechas. No te va a servir de nada, Morirás tarde o temprano, como cualquier mortal. Y la muerte es mi dominio.Hoy has llegado tarde, no has podido salvar a toda esta gente.
El hombre termino de esparcir el polvo, cerro el morral con la misma economía de movimientos con que lo abrió e hinco la espada en el suelo mientras la sujetaba por la guardia con las dos manos, y empezó a entonar un salmo. Esta vez en voz alta.
Regna terrae, cantate Deo,
psallite Domino, Tribuite virtutem Deo.
Exorcizamus te,
omnis immundus spiritus…
---Si vieras aquellos dos niños, como gritaban mientras los vaciaba por dentro---Hizo una pausa, mientras emitía claros sonidos de salivación---. Creo que son esos dos gusanos que se frotan al lado de tu bota.
omnis satanica potestas,
omnis incursio infernalis adversarii,
omnis legio, omnis congregatio et secta diabolica
Ergo perditionis venenum propinare…
El hombre sintió un agudo pinchazo en el pecho cuando nombro a los dos niños. Siguió entonando aquella letanía, que parecía subir y bajar por la estancia, inundando cada rincón con aquel potente tono
Vade, satana, inventor et magister omnis fallaciae,
hostis humanae salutis.
hostis humanae salutis.
Humiliare sub potenti manu Dei; contremisce et effuge,
invocato a nobis sancto et terribili Nomine Iesu..
---Por cierto creo que se me ha caído algo. Por favor Lucas, amigo mío…, ¿podrías recogerlo?, mis cansados huesos ya están ajados para esos esfuerzos--- Su voz parecía implorante. El objeto, un camafeo, estaba tirado en el suelo y abierto. Una hermosa mujer aparecía dibujada, con exquisito detalle.
quem inferi tremunt.
Ab insidiis diaboli, libera nos, Domine.
Ut Ecclesiam tuam secura tibi facias libertate servire,
te rogamus, audi nos…
El sudor empezaba a perlar la frente del hombre, no quería mirar aquel rostro. El control tembló en su interior, como si un vendaval lo azotara. Lioba…
Ut inimicos sanctae Ecclesiae humiliare digneris,
te rogamus, audi nos.
Dominicos sanctae ecclesiae
te rogamus audi nos..
---La bella Lioba, ¿eh Lucas?---dijo el mal que allí habitaba--- ¿Te acuerdas aun de ella?, ¿de su brillante cabello color miel? ¿De sus ojos como dos ventanas al paraíso? ¿Te acuerdas Lucas?---Su voz a medida que hablaba se iba cargando de odio---A mi no me hace falta recordarla, Lucas, la veo cada día gritando, delante mía, mientras despellejo su piel una y otra vez, desfigurandole el rostro con el fuego del Infierno. ¿Sabes que grita Lucas? ¡¿Lo sabes?¡---Su voz resonó como si el ojo de la tormenta final lo rodease…
¡ Terribilis Deus de sanctuario suo Deus Israhel ipse… ¡
---¡¡Grita tu nombre, maldito hijo de puta¡¡. ¡¡Te maldice en cada momento de su agonía ¡¡una agonía eterna ¡¡
¡ Deus Israhel ipse. dabit virtutem… ¡
¡¡Porque me dejaste aquí, Lucas, porque me dejas sufrir ¡¡---La voz que sonaba ahora era de mujer, desgarrada, seca…
¡¡ et fortitudinem plebi suae, benedictus Deus… ¡¡
El huracán que azotaba el interior de Lucas estaba a punto de reducirlo a cenizas. El sudor lo empapaba de arriba abajo. La tormenta del fin del mundo estallaba entre aquellas cuatro paredes
¡¡¡¡ Gloria Patri. ¡¡¡¡
El atronador grito que a continuación surgió de la garganta del demonio, retumbo como el martillo de los dioses cayendo sobre aquel lugar. Las paredes de cal y yeso reverberaron una centésima de segundo para luego explotar en miles de pedazos que volaron a decenas de metros de altura. Despojado de la manta, un cuerpo rosado y arrugado, pobre reflejo de lo que anteriormente fue, iba deshaciéndose como la cera de una vela. La mirada que arrojaron aquellos ojos al hombre que permanecía de pie agarrado precariamente a su espada cargaban el odio mas infinito y puro que jamás pudo existir. Sus palabras fueron el eco de aquella mirada
---Sigue expiando tu culpa en ese infierno al que llamas vida, Ejecutor. Jamás escaparas de ella---Aquellos despojos ya no eran más que una humeante montaña de carne---Ni escaparas de mi.
Con un último siseo, aquella masa informe termino de deshacerse. Los últimos restos de cal y teja caían del cielo como una lluvia solida. Dentro del, a la vez, los últimos restos del autocontrol estallaron como una superficie cristalina, sintiendo cada trozo afilado clavarse en lo más profundo de su alma.
No lloró, ya no quedaban mas lagrimas. Hace mucho tiempo, exactamente veinte años, las gasto todas en una sola noche…
Continuara…

