(2)
---Uff---Resoplo con un gesto de dolor Lucas. Inmediatamente
se reprocho por su debilidad
---No te muevas Lucas---Le respondió Lioba regañándole, mientras le apretaba el vendaje.---
Hace solo un mes que te heriste, y aun podría quedarte mal si la venda no queda
ajustada.
Lucas asintió levemente y la miro fijamente mientras esta estaba concentrada rodeándole el hombro con la venda de lino. Esos ojos verdes brillantes, el cabello como miel volcada y aquella nariz dominante. No podía dejar de mirarla. Sorprendido, se preguntó cuando exactamente la muchacha había dejado de mirarlo asustado y avergonzada de hablar con el hijo de un noble, y cuando empezó a tratarlo con naturalidad. No es que le desagradara tal cosa, ni mucho menos, pero al parecer el hecho de estar pendiente del cuidado de su hombro hacia que ella asumiera el papel de noble en aquellos momentos que le aplicaba la pasta machacada que ella misma preparaba, y le volvía a poner el vendaje.
Lucas asintió levemente y la miro fijamente mientras esta estaba concentrada rodeándole el hombro con la venda de lino. Esos ojos verdes brillantes, el cabello como miel volcada y aquella nariz dominante. No podía dejar de mirarla. Sorprendido, se preguntó cuando exactamente la muchacha había dejado de mirarlo asustado y avergonzada de hablar con el hijo de un noble, y cuando empezó a tratarlo con naturalidad. No es que le desagradara tal cosa, ni mucho menos, pero al parecer el hecho de estar pendiente del cuidado de su hombro hacia que ella asumiera el papel de noble en aquellos momentos que le aplicaba la pasta machacada que ella misma preparaba, y le volvía a poner el vendaje.
---Ese viejo idiota te coloco mal el vendaje de nuevo---No
dejaría de sorprenderle que aquella muchacha timorata y tranquila se exaltase
tanto por las, a su manera de ser, chapuzas que hacia el médico de la familia
Montalvo. Quizás ella también se sorprendía, ya que enrojeció
notoriamente---Perdona Lucas, no debí de decir eso.
---No pasa nada Lioba---¿Como podía ponerse aun más guapa
solo con sonrojarse?---. A ese “viejo idiota”, casi se le salieron los ojos de
las orbitas cuando retiro el vendaje la semana pasada. Al parecer no confiaba
en que se recuperase tan rápido.
---Pues claro que no---dijo casi resoplando, volviendo a
poner ese gesto contrariado.---Debe ser muy necio para pensar
que con esos líquidos destilados que te aplico iba a conseguir que el hueso
soldase bien---De nuevo sonrojo, pero esta vez no hubo disculpa---. No se quien
enseña esas cosas a los médicos, pero mi madre les podría explicar un par de
cosas.
La aludida giro la cabeza hacia ellos, con aquella enorme
sonrisa en un rostro redondo y lechoso. Con la misma nariz y los mismos ojos
claros que su hija, Mara hacia porte de una belleza ya perdida, pero que aun se
podía intuir. Pelo castaño del mismo color miel que su hija, con algunas hebras
grises, bien prieto en un moño, y de constitución bastante robusta. Se mecía en
una desvencijada silla, tejiendo una gruesa prenda de lana, ya casi acabada. Y
justo a tiempo, pues el invierno había comenzado ayer mismo, cuando las
primeras nevadas cayeron en el valle de Enso, cubriendo el pueblo con un leve
manto blanco.
---Y a mí me las explico mi madre, Dios la tenga en su
gloria--- su voz aunque algo ronca, tenía algo de reconfortante---. E imagino
que a ella la suya. Así ha sido desde hace mucho tiempo, y nos ha ido bien.
Lucas asintió medio distraído mientras observaba el resto de
la humilde estancia. Un solo cuarto, con suelo de paja, una mesa bastante
desvencijada con varias sillas, una estantería con varios utensilios de cocina,
el hogar, y dos jergones de pajas en un rincón. Nada más, humildad rallando en
la pobreza, como cualquier otro trabajador de la tierra.
---Bueno esto ya está---dijo satisfecha Lioba atando
firmemente el vendaje---. Creo que en un par de semanas ya no tendrás que
llevarlo.
Lucas movió levemente el brazo, notando con sorpresa como
apenas sentía molestias al moverlo y una sensación de frescor le recorría debajo
del vendaje.
---Esta genial Lioba---le dijo Lucas sonriéndole---. Gracias
---No tienes porque darlas---dijo sonrojada y sonriendole---
---Bueno es tarde ya---dijo Lucas mirando por la ventana.
Las horas de luz se habían acortado mucho al entrar en las últimas semanas del
año.---Debería irme.---Incorporándose se puso la camisa por encima y luego
la pesada chaqueta de paño marrón
---Déjame acompañarte Lucas---le dijo Lioba mientras lo seguía
hasta la puerta
---No puedo dejar que hagas el camino de regreso sola. No a
estas horas---Al abrir la puerta, un frio viento se coló por el vano de la puerta,
agitando las cacerolas colgadas encima del hogar---
---Entonces hasta el fin del cercado---respondió ella con un
gesto mohíno---¡Ahora vengo madre ¡
---Ten cuidado mi niña---contestó sin levantar la mirada de
la labor de punto
Sabiendo de lo inútil que sería discutir con ella, Lucas lo
dejo estar y juntos emprendieron el sendero cubierto de nieve que llevaba hasta el
camino principal que iba al castillo. Quien hubiera pensado que Lioba era una
muchacha dócil y sin carácter… descubriría en que error se hallaba.
Voluntariosa, y poco sumisa, para nada encajaba como la hija de una labriega. Quizás
esto fuera un punto a favor para que su familia aceptara a una plebeya. Quizás
pero seguramente no lo suficiente. Sin embargo a Lucas le daba igual. Si no lo
aceptaban, se fugaría con ella. lo supo desde el día siguiente que recibió la
herida y esta lo busco en el patio del castillo para estar con él, interesada
por su hombro, e insistiéndole, casi imponiéndole,
¡imponiendole!, a que fuera a su casa para curarle el hombro. Y aunque
enseguida se dio cuenta de que estaba tirando del brazo sano del hijo de su
señor, y encima dándole ordenes, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso y
balbuciendo disculpas, no descansó hasta
que Lucas aceptó en que le tratase el hombro. Desde entonces se habian visto casi todos los dias, compartiendo risas, arrumacos y buenos momentos. Mucho carácter, y reacia a
escuchar un no, y menos a aceptarlo. Pero todo aquello se desvanecía como las
hojas caídas de un árbol ante un furioso viento. Lucas había puesto su corazón a
los pies de la muchacha irremediablemente, y como el que enciende un fuego en
la hojarasca, ya no había marcha atrás ni nada que lo apagase.
Mientras recorrían los escasos trescientos metros del
sendero, Lioba le contaba con lujo de detalle, la última trastada de la gata
que vivía debajo de las tablas que formaba los escalones de la entrada de la
casa. A estas alturas Lucas conocía mejor a aquel animal blanco y de hocico
pardo que a muchos de los sirvientes del Castillo.
---Muchos verían a mal tener un gato en casa---dijo casi sin
pensar Lucas. Enseguida quiso tragarse sus palabras---.
---Bueno, muchos verían mal muchas más cosas, cosas tan
absurdas como lo de aplicar unas estúpidas hierbas en tu
hombro---respondió con un deje amargo en la voz. Su semblante hasta hace nada
animado demudo en uno serio. Y también triste. Lucas se odio por haber hecho
desaparecer la luz de aquellas piedras verdemar.---La gente vive con miedo, y
el miedo es la peor enfermedad de este mundo. Por desgracia, para eso no hay hierba
que valga.
Habían llegado casi hasta el final del sendero, y la cerca
que marcaba el final del mismo era visible entre dos arbustos. Lucas se detuvo
y encaro a Lioba para que lo mirase a los ojos, ahora llenos de tristeza, su
luz menguada. Aquella era la única luz que quería ver en el mundo, la luz de
unos ojos que lo iluminaban más que el sol.
---Lioba, lo siento mucho---Las manos de Lucas le asían
firmemente los hombros---. No debí decir aquello. Solo espero que me perdones---.
Los ojos de este fundidos en los de
ella.--- Solo es que…---Se interrumpió bruscamente.”Solo es que tengo miedo de
lo que otros puedan hacer”. “Miedo a que te hagan daño por las cosas que haces”.
Miedo. Ella le acababa de hablar sobre eso mismo.
---Lucas, eres un hombre bueno---Le contesto quedamente,
Luego continuo con más energía. Esa energía que parecía irradiar de ella---.
Pero vives en el mundo que vives, y te han enseñado las cosas de una manera. Es
muy difícil cambiar eso. Es muy difícil no ser como es el resto del mundo. Además
esas cosas que me has contando que te pasaban de pequeño…
---Basta---espeto interrumpiéndola---. No quiero hablar de
eso, ni siquiera lo menciones
---Pero Lucas---su tono empezó a alzarse---. Tienes que
sacarlo fuera, si lo entierras te herirá por dentro. Tienes que dejar que salga
y para ello no puedes negarlo.
--- ¿Quién te crees que eres para hablar así a un
Montalvo?---Las palabras salieron disparadas como un látigo. Quería callar pero
era como un rio desbordándose después del deshielo invernal. La ira lo atizaba
descontroladamente y su voz carecía de calidez---. Tú no me das órdenes a mí,
labriega. Yo soy el que ordena aquí. Así que no vuelvas a hablarme así--- La vergüenza
lo llenaba por dentro por las palabras que acababa de decir. Aun así no cambio
el ceño ni muto el semblante adusto y arrogante lo mas mínimo
El rostro de Lioba recibió cada palabra como un mazazo físico,
encogiéndose cada vez más, con los labios entreabiertos en un gesto de estupor.
Cuando Lucas soltó la última frase zahiriente, esta tenía los ojos anegados en
lagrimas y su mandíbula se abría y cerraba por el aturdimiento. Sin embargo,
enseguida se repuso, y aquellos dulces ojos que el había contemplado durante horas se
convirtieron en acero verdinegro
---Tiene toda la razón, mi señor---Dijo mientras hacia una
profunda reverencia--- Lamento mis palabras y acepto el castigo que usted
disponga. No tengo perdón por haberme atrevido a hablarle así.---La cabeza
inclinada en gesto servil, las palabras sonaban amortiguadas pero firmes.
---Lioba yo…---La ira se desvaneció, y la vergüenza lo cubrió
asfixiándole como una montaña de estiércol.---
---Por favor mi señor, castígueme, o márchese. Si alguien
nos viera juntos podría hablar mal de usted y eso podría perjudicarle. Y eso es
lo que una humilde labriega como yo jamás querría de su señor---. Aquel tono,
aquellas palabras, donde se mezclaban la tristeza, la ira, la autohumillación y
el dolor, se le enterraron como garras en el alma.
---Puedes marchar---. Vergüenza, dolor, pero seguía siendo
un Montalvo. Acarrearía las consecuencias con firmeza. No gimotearía. Era su
culpa y merecía el castigo.
---Mi señor---. Sin levantar la cabeza volvió a inclinarse
en una reverencia y de seguido se giro apretando el paso por el camino de
vuelta, dejando leves hoyos con sus ligeras pisadas. Pero ni por asomo eran
leves los huecos dejados en su alma por aquellos pasos que se alejaban de él. Girando
en un recodo, la luz del mundo, la luz de su mundo, desapareció tras unos raquíticos
arboles. Y aunque la noche lo alcanzo cerca del castillo, anduvo todo
el camino de vuelta sumido en la más profunda oscuridad.