domingo, 26 de febrero de 2012


(2)


---Uff---Resoplo con un gesto de dolor Lucas. Inmediatamente se reprocho por su debilidad

---No te muevas Lucas---Le respondió Lioba  regañándole, mientras le apretaba el vendaje.--- Hace solo un mes que te heriste, y aun podría quedarte mal si la venda no queda ajustada.

Lucas asintió levemente y la miro fijamente mientras esta estaba concentrada rodeándole el hombro con la venda de lino. Esos ojos verdes brillantes, el cabello como miel volcada y aquella nariz dominante. No podía dejar de mirarla. Sorprendido, se preguntó cuando exactamente la muchacha había dejado de mirarlo asustado y avergonzada de hablar con el hijo de un noble, y cuando empezó a tratarlo con naturalidad. No es que le desagradara tal cosa, ni mucho menos, pero al parecer el hecho de estar pendiente del cuidado de su hombro hacia que ella asumiera el papel de noble en aquellos momentos que le aplicaba la pasta machacada que ella misma preparaba, y le volvía a poner el vendaje.

---Ese viejo idiota te coloco mal el vendaje de nuevo---No dejaría de sorprenderle que aquella muchacha timorata y tranquila se exaltase tanto por las, a su manera de ser, chapuzas que hacia el médico de la familia Montalvo. Quizás ella también se sorprendía, ya que enrojeció notoriamente---Perdona Lucas, no debí de decir eso.

---No pasa nada Lioba---¿Como podía ponerse aun más guapa solo con sonrojarse?---. A ese “viejo idiota”, casi se le salieron los ojos de las orbitas cuando retiro el vendaje la semana pasada. Al parecer no confiaba en que se recuperase tan rápido.

---Pues claro que no---dijo casi resoplando, volviendo a poner ese gesto contrariado.---Debe ser muy necio para pensar que con esos líquidos destilados que te aplico iba a conseguir que el hueso soldase bien---De nuevo sonrojo, pero esta vez no hubo disculpa---. No se quien enseña esas cosas a los médicos, pero mi madre les podría explicar un par de cosas.

La aludida giro la cabeza hacia ellos, con aquella enorme sonrisa en un rostro redondo y lechoso. Con la misma nariz y los mismos ojos claros que su hija, Mara hacia porte de una belleza ya perdida, pero que aun se podía intuir. Pelo castaño del mismo color miel que su hija, con algunas hebras grises, bien prieto en un moño, y de constitución bastante robusta. Se mecía en una desvencijada silla, tejiendo una gruesa prenda de lana, ya casi acabada. Y justo a tiempo, pues el invierno había comenzado ayer mismo, cuando las primeras nevadas cayeron en el valle de Enso, cubriendo el pueblo con un leve manto blanco.

---Y a mí me las explico mi madre, Dios la tenga en su gloria--- su voz aunque algo ronca, tenía algo de reconfortante---. E imagino que a ella la suya. Así ha sido desde hace mucho tiempo, y nos ha ido bien.
Lucas asintió medio distraído mientras observaba el resto de la humilde estancia. Un solo cuarto, con suelo de paja, una mesa bastante desvencijada con varias sillas, una estantería con varios utensilios de cocina, el hogar, y dos jergones de pajas en un rincón. Nada más, humildad rallando en la pobreza, como cualquier otro trabajador de la tierra.

---Bueno esto ya está---dijo satisfecha Lioba atando firmemente el vendaje---. Creo que en un par de semanas ya no tendrás que llevarlo.

Lucas movió levemente el brazo, notando con sorpresa como apenas sentía molestias al moverlo y una sensación de frescor le recorría debajo del vendaje.

---Esta genial Lioba---le dijo Lucas sonriéndole---. Gracias

---No tienes porque darlas---dijo sonrojada y sonriendole---

---Bueno es tarde ya---dijo Lucas mirando por la ventana. Las horas de luz se habían acortado mucho al entrar en las últimas semanas del año.---Debería irme.---Incorporándose se puso la camisa por encima y luego la pesada chaqueta de paño marrón

---Déjame acompañarte Lucas---le dijo Lioba mientras lo seguía hasta la puerta

---No puedo dejar que hagas el camino de regreso sola. No a estas horas---Al abrir la puerta, un frio viento se coló por el vano de la puerta, agitando las cacerolas colgadas encima del hogar---

---Entonces hasta el fin del cercado---respondió ella con un gesto mohíno---¡Ahora vengo madre ¡

---Ten cuidado mi niña---contestó sin levantar la mirada de la labor de punto

Sabiendo de lo inútil que sería discutir con ella, Lucas lo dejo estar y juntos emprendieron el sendero cubierto de nieve que llevaba hasta el camino principal que iba al castillo. Quien hubiera pensado que Lioba era una muchacha dócil y sin carácter… descubriría en que error se hallaba. Voluntariosa, y poco sumisa, para nada encajaba como la hija de una labriega. Quizás esto fuera un punto a favor para que su familia aceptara a una plebeya. Quizás pero seguramente no lo suficiente. Sin embargo a Lucas le daba igual. Si no lo aceptaban, se fugaría con ella. lo supo desde el día siguiente que recibió la herida y esta lo busco en el patio del castillo para estar con él, interesada por su hombro, e insistiéndole, casi  imponiéndole, ¡imponiendole!, a que fuera a su casa para curarle el hombro. Y aunque enseguida se dio cuenta de que estaba tirando del brazo sano del hijo de su señor, y encima dándole ordenes, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso y balbuciendo disculpas,  no descansó hasta que Lucas aceptó en que le tratase el hombro. Desde entonces se habian visto  casi todos los dias, compartiendo risas, arrumacos y buenos momentos. Mucho carácter, y reacia a escuchar un no, y menos a aceptarlo. Pero todo aquello se desvanecía como las hojas caídas de un árbol ante un furioso viento. Lucas había puesto su corazón a los pies de la muchacha irremediablemente, y como el que enciende un fuego en la hojarasca, ya no había marcha atrás ni nada que lo apagase.

Mientras recorrían los escasos trescientos metros del sendero, Lioba le contaba con lujo de detalle, la última trastada de la gata que vivía debajo de las tablas que formaba los escalones de la entrada de la casa. A estas alturas Lucas conocía mejor a aquel animal blanco y de hocico pardo que a muchos de los sirvientes del Castillo.

---Muchos verían a mal tener un gato en casa---dijo casi sin pensar Lucas. Enseguida quiso tragarse sus palabras---.

---Bueno, muchos verían mal muchas más cosas, cosas tan absurdas como lo de aplicar unas estúpidas hierbas  en  tu hombro---respondió con un deje amargo en la voz. Su semblante hasta hace nada animado demudo en uno serio. Y también triste. Lucas se odio por haber hecho desaparecer la luz de aquellas piedras verdemar.---La gente vive con miedo, y el miedo es la peor enfermedad de este mundo. Por desgracia, para eso no hay hierba que valga.

Habían llegado casi hasta el final del sendero, y la cerca que marcaba el final del mismo era visible entre dos arbustos. Lucas se detuvo y encaro a Lioba para que lo mirase a los ojos, ahora llenos de tristeza, su luz menguada. Aquella era la única luz que quería ver en el mundo, la luz de unos ojos que lo iluminaban más que el sol.

---Lioba, lo siento mucho---Las manos de Lucas le asían firmemente los hombros---. No debí decir aquello. Solo espero que me perdones---.  Los ojos de este fundidos en los de ella.--- Solo es que…---Se interrumpió bruscamente.”Solo es que tengo miedo de lo que otros puedan hacer”. “Miedo a que te hagan daño por las cosas que haces”. Miedo. Ella le acababa de hablar sobre eso mismo.

---Lucas, eres un hombre bueno---Le contesto quedamente, Luego continuo con más energía. Esa energía que parecía irradiar de ella---. Pero vives en el mundo que vives, y te han enseñado las cosas de una manera. Es muy difícil cambiar eso. Es muy difícil no ser como es el resto del mundo. Además esas cosas que me has contando que te pasaban de pequeño…

---Basta---espeto interrumpiéndola---. No quiero hablar de eso, ni siquiera lo menciones

---Pero Lucas---su tono empezó a alzarse---. Tienes que sacarlo fuera, si lo entierras te herirá por dentro. Tienes que dejar que salga y para ello no puedes negarlo.

--- ¿Quién te crees que eres para hablar así a un Montalvo?---Las palabras salieron disparadas como un látigo. Quería callar pero era como un rio desbordándose después del deshielo invernal. La ira lo atizaba descontroladamente y su voz carecía de calidez---. Tú no me das órdenes a mí, labriega. Yo soy el que ordena aquí. Así que no vuelvas a hablarme así--- La vergüenza lo llenaba por dentro por las palabras que acababa de decir. Aun así no cambio el ceño ni muto el semblante adusto y arrogante lo mas mínimo

El rostro de Lioba recibió cada palabra como un mazazo físico, encogiéndose cada vez más, con los labios entreabiertos en un gesto de estupor. Cuando Lucas soltó la última frase zahiriente, esta tenía los ojos anegados en lagrimas y su mandíbula se abría y cerraba por el aturdimiento. Sin embargo, enseguida se repuso, y aquellos dulces ojos  que el había contemplado durante horas se convirtieron en acero verdinegro

---Tiene toda la razón, mi señor---Dijo mientras hacia una profunda reverencia--- Lamento mis palabras y acepto el castigo que usted disponga. No tengo perdón por haberme atrevido a hablarle así.---La cabeza inclinada en gesto servil, las palabras sonaban amortiguadas pero firmes.

---Lioba yo…---La ira se desvaneció, y la vergüenza lo cubrió asfixiándole como una montaña de estiércol.---

---Por favor mi señor, castígueme, o márchese. Si alguien nos viera juntos podría hablar mal de usted y eso podría perjudicarle. Y eso es lo que una humilde labriega como yo jamás querría de su señor---. Aquel tono, aquellas palabras, donde se mezclaban la tristeza, la ira, la autohumillación y el dolor, se le enterraron como garras en el alma.

---Puedes marchar---. Vergüenza, dolor, pero seguía siendo un Montalvo. Acarrearía las consecuencias con firmeza. No gimotearía. Era su culpa y merecía el castigo.

---Mi señor---. Sin levantar la cabeza volvió a inclinarse en una reverencia y de seguido se giro apretando el paso por el camino de vuelta, dejando leves hoyos con sus ligeras pisadas. Pero ni por asomo eran leves los huecos dejados en su alma por aquellos pasos que se alejaban de él. Girando en un recodo, la luz del mundo, la luz de su mundo, desapareció tras unos raquíticos arboles. Y aunque la noche lo alcanzo cerca del castillo, anduvo todo el camino de vuelta sumido en la más profunda oscuridad.

sábado, 25 de febrero de 2012

Pasado


(1)
El sudor corría por el torso desnudo del joven, mientras jadeaba fuertemente. En sus manos sostenía firmemente un acero de poco mas de un metro, afilado y equilibrado, con la mortífera punta señalando al otro contendiente, el cual imitaba su postura: Piernas separadas, brazos abiertos y pegados a los costados, las manos firmemente unidas. El helado viento que corría por el valle apenas hizo que aquel muchacho se estremeciera, no en aquel punto de concentración que Lucas había alcanzado. Aun así sabía que su rival no había notado el gélido viento procedente de los Pirineos. Ni poco ni mucho. A pesar de lo rápido que el joven aprendía, sabía que no estaba a la altura de Ricardo de Montalvo, caballero de su majestad Juan I el Cazador, Rey de Aragon, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Córcega.

Su tío, ya que tal ilustre caballero era hermano de su padre, el Baron Joaquin de Montalvo, llevaba la misma poca ropa que el joven. Su espada, parecía una copia exacta no sin motivo, ya que habían sido forjadas junto con otras cuatro por uno de los mejores herreros del Reino y repartidas a cada miembro varón de la familia. Con solo doce años, cuando Lucas recibió aquella espada apenas fue capaz de levantarla. Desde entonces había recibido clases por el maestro de armas de su padre cada dia, como mandaban las buenas formas del primogénito de un noble. Sin embargo, era en las contadas ocasiones en las que los visitaba su tio cuando Lucas de verdad avanzaba sustancialmente en su manejo. Él le había explicado que la liza era más que subir y bajar el brazo con fuerza.

---Eso te rebajaría a la condición de un herrero, muchacho--- había dicho su tio lo que ahora parecía una eternidad---. Subir y bajar la espada como si se tratara de un martillo golpeando el hierro en un yunque no es manera de pelear para un Montalvo. Dale dignidad a tu arma, y ella te la devolverá a ti.

También le había explicado el truco de la concentración. Intentar no estar pendiente de más que uno mismo y su adversario, olvidando todas las sensaciones externas, concentrandose en su objetivo y estudiando cada movimiento imperceptible del mismo. Casi cinco años habían pasado desde la primera vez que entreno con él y le explico aquello. Casi cinco años, y solo estaba empezando a dominarlo.

---Me sorprendes muchacho--- dijo de repente Ricardo de Montalvo, devolviendo al presente a su sobrino--- parece que ya lo has entendido--- No hacía falta más aclaraciones---. Veamos si consigo romper tu control.

Sin mediar un segundo, Ricardo se abalanzo de un salto con la espada apuntando hacia delante como una flecha. El hombre más joven interpuso su espada echando el cuerpo hacia un lado, mientras giraba con la cadera para descargar con fuerza un golpe lateral. El acero gemelo pareció teletransportarse, ora a un lado y ora a otro, deteniendo los sucesivos embates. En poco segundos era el hombre más viejo el que hacía lo propio. Lucas apenas podía hacer más que parar los golpes una y otra vez, adivinando casi hacia donde se dirigiría el siguiente. Adivinando no, se corrigió, intuyéndo, al leer el lenguaje corporal de su adversario.

Entonces algo llamo su atención, algo fuera del círculo de acero. Aunque contradecía todo lo enseñado por su tío, no pudo evitar desviar inconscientemente la atención de su adversario. Y allí estaba, a menos de treinta metros, observándolo con aquellos enormes ojos verdes como gemas pulidas. No era la primera vez que veía a Lioba pero el efecto fue el mismo. Transcurrieron varios latidos de un corazón acelerado por la contienda, pero fueron varios miles más de latidos de tiempo en su mente los que corrieron, mientras caía en picado en aquel paraíso esmeralda. Entonces llego el dolor.

Sintió como si su hombro reventara en pedazos, y todo ocurrió muy rápido: Lioba abría aun mas sus ojos en un gesto de temor mientras se llevaba la mano a la boca y dejaba caer el cesto que tenia colgado del brazo. Ricardo de Montalvo rugió algo que Lucas no entendió, mientras el suelo se abalanzaba sobre él. El agrio y fresco sabor de la hierba que cubría el prado le inundo la boca, y noto unas manos que lo giraban poniéndolo boca arriba. Un curtido rostro, enmarcado por un enorme bigote canoso lo miraba con un gesto a medias serio y a medias divertido. ¡Divertido!.

---Condenado muchacho, casi te arranco el brazo---Su voz sonaba firme, en nada preocupada. Eso le hizo sentir mejor---. Da gracias a que ya no me voy fijando en jóvencitas, o ahora yo estaría intentando escapar del tajo del verdugo de tu padre, por haber matado a su primogénito.

El dolor le llegaba en oleadas, e intento girar la cabeza para verse el hombro, pero desistió cuando las punzadas arreciaron. Entonces otra cabeza, en nada similar a la primera, ocupo la otra mitad de su campo de visión.

Jamás, ni en sus sueños más locos y frenéticos, había pensando poder contemplar algo tan bello. A escasos treinta centímetros de su cara, aquel rostro ovalado y perfecto, con aquella nariz larga e imponente hacia que el dolor casi desapareciera. La había visto muchas veces a lo largo de los dos últimos años, cuando Lioba y su familia se instalaron como siervos de su padre en el valle, huyendo de unos bandidos que habían incendiado un poblado cercano. Cada vez que la había visto había pensando que era como la luna, brillante, serena, y perfecta. Ahora la luna había bajado hasta poder tocarla con la yema de los dedos. Y nada podía habérsele comparado.

---¿Joven señor, está usted bien?--- Su voz temblaba conmovida. Su voz le hacía temblar conmovedoramente.---Joven señor…
---Lucas---le respondio interrumpiéndola---me llamo Lucas

...