(1)
El sudor corría
por el torso desnudo del joven, mientras jadeaba fuertemente. En sus manos sostenía
firmemente un acero de poco mas de un metro, afilado y equilibrado, con la mortífera
punta señalando al otro contendiente, el cual imitaba su postura: Piernas
separadas, brazos abiertos y pegados a los costados, las manos firmemente
unidas. El helado viento que corría por el valle apenas hizo que aquel muchacho
se estremeciera, no en aquel punto de concentración que Lucas había alcanzado. Aun
así sabía que su rival no había notado el gélido viento procedente de los
Pirineos. Ni poco ni mucho. A pesar de lo rápido que el joven aprendía, sabía
que no estaba a la altura de Ricardo de Montalvo, caballero de su majestad Juan
I el Cazador, Rey de Aragon, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Córcega.
Su tío, ya que tal ilustre caballero era hermano de su padre,
el Baron Joaquin de Montalvo, llevaba la misma poca ropa que el joven. Su
espada, parecía una copia exacta no sin motivo, ya que habían sido forjadas
junto con otras cuatro por uno de los mejores herreros del Reino y repartidas a
cada miembro varón de la familia. Con solo doce años, cuando Lucas recibió aquella
espada apenas fue capaz de levantarla. Desde entonces había recibido clases por
el maestro de armas de su padre cada dia, como mandaban las buenas formas del primogénito
de un noble. Sin embargo, era en las contadas ocasiones en las que los visitaba
su tio cuando Lucas de verdad avanzaba sustancialmente en su manejo. Él le había
explicado que la liza era más que subir y bajar el brazo con fuerza.
---Eso te rebajaría a la condición de un herrero, muchacho---
había dicho su tio lo que ahora parecía una eternidad---. Subir y bajar la
espada como si se tratara de un martillo golpeando el hierro en un yunque no es
manera de pelear para un Montalvo. Dale dignidad a tu arma, y ella te la devolverá
a ti.
También le había explicado el truco de la concentración.
Intentar no estar pendiente de más que uno mismo y su adversario, olvidando
todas las sensaciones externas, concentrandose en su objetivo y estudiando cada
movimiento imperceptible del mismo. Casi cinco años habían pasado desde la
primera vez que entreno con él y le explico aquello. Casi cinco años, y solo
estaba empezando a dominarlo.
---Me sorprendes muchacho--- dijo de repente Ricardo de
Montalvo, devolviendo al presente a su sobrino--- parece que ya lo has
entendido--- No hacía falta más aclaraciones---. Veamos si consigo romper tu
control.
Sin mediar un segundo, Ricardo se abalanzo de un salto con la
espada apuntando hacia delante como una flecha. El hombre más joven interpuso
su espada echando el cuerpo hacia un lado, mientras giraba con la cadera para
descargar con fuerza un golpe lateral. El acero gemelo pareció teletransportarse,
ora a un lado y ora a otro, deteniendo los sucesivos embates. En poco segundos
era el hombre más viejo el que hacía lo propio. Lucas apenas podía hacer más
que parar los golpes una y otra vez, adivinando casi hacia donde se dirigiría el
siguiente. Adivinando no, se corrigió, intuyéndo, al leer el lenguaje
corporal de su adversario.
Entonces algo llamo su atención, algo fuera del círculo de acero.
Aunque contradecía todo lo enseñado por su tío, no pudo evitar desviar inconscientemente
la atención de su adversario. Y allí estaba, a menos de treinta metros, observándolo
con aquellos enormes ojos verdes como gemas pulidas. No era la primera vez que veía
a Lioba pero el efecto fue el mismo. Transcurrieron varios latidos de un corazón
acelerado por la contienda, pero fueron varios miles más de latidos de tiempo
en su mente los que corrieron, mientras caía en picado en aquel paraíso esmeralda.
Entonces llego el dolor.
Sintió como si su hombro reventara en pedazos, y todo ocurrió
muy rápido: Lioba abría aun mas sus ojos en un gesto de temor mientras se
llevaba la mano a la boca y dejaba caer el cesto que tenia colgado del brazo.
Ricardo de Montalvo rugió algo que Lucas no entendió, mientras el suelo se
abalanzaba sobre él. El agrio y fresco sabor de la hierba que cubría el prado le
inundo la boca, y noto unas manos que lo giraban poniéndolo boca arriba. Un
curtido rostro, enmarcado por un enorme bigote canoso lo miraba con un gesto a
medias serio y a medias divertido. ¡Divertido!.
---Condenado muchacho, casi te arranco el brazo---Su voz sonaba
firme, en nada preocupada. Eso le hizo sentir mejor---. Da gracias a que ya no
me voy fijando en jóvencitas, o ahora yo estaría intentando escapar del
tajo del verdugo de tu padre, por haber matado a su primogénito.
El dolor le llegaba en oleadas, e intento girar la cabeza
para verse el hombro, pero desistió cuando las punzadas arreciaron. Entonces
otra cabeza, en nada similar a la primera, ocupo la otra mitad de su campo de visión.
Jamás, ni en sus sueños más locos y frenéticos, había
pensando poder contemplar algo tan bello. A escasos treinta centímetros de su
cara, aquel rostro ovalado y perfecto, con aquella nariz larga e imponente
hacia que el dolor casi desapareciera. La había visto muchas veces a lo largo de los dos últimos años,
cuando Lioba y su familia se instalaron como siervos de su padre en el valle,
huyendo de unos bandidos que habían incendiado un poblado cercano. Cada vez que
la había visto había pensando que era como la luna, brillante, serena, y
perfecta. Ahora la luna había bajado hasta poder tocarla con la yema de los dedos.
Y nada podía habérsele comparado.
---¿Joven señor, está usted bien?--- Su voz temblaba
conmovida. Su voz le hacía temblar conmovedoramente.---Joven señor…
---Lucas---le respondio interrumpiéndola---me llamo
Lucas
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